Carta al pasado

Estimado amigo:

Te escribo desde el futuro y te cuento con una tristeza moderada que no es tan excitante como lo imaginábamos. Aún no existen autos voladores ni llamadas por holograma, en cambio seguimos llorando a veces.

Estamos cansados, no nos gusta nuestro trabajo y cada vez nos cuesta más pensar en otra cosa que no sea el dinero. Lamento no cumplir nuestro sueño de vivir en la playa, tampoco tenemos un disco grabado y la canción que le compusimos al perro de Julieta nunca fue el éxito que pretendíamos. Perdimos la esclava que papá nos regaló, se desgastaron nuestros tenis favoritos, los tuve que tirar a la basura, lo siento.

Es 2019 y mamá casi no nos habla, está enojada desde hace 5 años y evita vernos a menos que sea estrictamente necesario. No la culpo demasiado, sé que nos equivocamos al darle la espalda durante los momentos más difíciles de su vida. Me apena confesarte que no estuvimos ahí cuando papá se enfermó, cuando la familia necesitaba un soporte, cuando todos voltearon a vernos, les fallamos.

Papá murió en 2013, así que más te vale disfrutarlo y decirle que lo amamos, que no hay nadie a quien admiremos más y darle las gracias todos los días por enseñarnos a vivir de la mejor manera posible. Abrázalo fuerte cuando llegues de la escuela, invítalo a jugar Nintendo y siéntate con él a ver los partidos del Atlante. Dile que se cuide mucho, que se cuide más y cuídalo tú porque 53 años no son suficientes para escuchar su voz. Un consejo, si creces un poco y sientes que ya no lo necesitas… Corre a leer esto.

Pero no todo es malo, aprendimos a tocar la guitarra y seguimos escribiendo canciones (ligeramente mejores que las que les hacíamos a los peluches), tuvimos y tenemos amigos extraordinarios, hemos tenido momentos de absoluta felicidad arriba de un escenario, nos siguen gustando muchas cosas que aprendimos a tu edad y tenemos acceso a internet, tal vez no signifique nada para ti ahora, pero te volaría la cabeza si pudiera explicarte lo que eso significa.

Oye, ya sé que no te estoy dando muchas esperanzas y que nuestra vida parece una mierda, pero estoy siendo injusto. En serio vale la pena, porque a pesar de todo lo malo que te conté allá arriba, tenemos un montón de cosas que nos hacen sonreír todos los días.
A finales de 2016 conocimos a Rosario, y ese es el momento que nos sostiene aquí. Es una mujer tierna, inteligente, cariñosa y honesta. Tiene los ojos verdes y es pequeña, breve y enérgica como las canciones de punk que te van a gustar a los 14. Sabe miles de cosas que nosotros no, e ignora otras tantas que nosotros le contamos para que piense que somos interesantes y geniales. Colecciona calcetines, a veces le ayudamos a ordenarlos y siempre nos sorprende que casi todos los pares están completos, nosotros no tenemos tanta suerte. Su familia es como la nuestra, al menos como la que tú tienes ahora mismo, unida y calurosa. También le gustan los perros, así que puedes estar tranquilo de que ese sueño sí lo cumplimos, tenemos dos y quizás tengamos más pronto.

¿Ves como no todo es malo?, ingrato yo.

Nos leemos luego.

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Décimas de gratitud

No tengo mucho qué decir sobre esta entrada, sólo deben saber que tardé aproximadamente dos semanas en terminar de escribir los versos que están por leer.
Todo surgió gracias a la curiosidad que me causó el concepto de la décima como formato de verso. Me embarqué en la aventura de escribirlos sin pensar que sería tan difícil, y a la mitad de la segunda décima estuve a punto de claudicar, pero mi orgullo pudo más.
Sin más, les presento mis humildes primeras décimas, escritas como modo de homenaje a Jorge Drexler, Guillermo del Toro y Silvio Rodríguez respectivamente.

 Despertar y ser un sueño,
despegar los pies del nido,
al otro lado del río
donde no muere el empeño.
Como palabra sin dueño
busco un hogar en las frases,
esperando que algo pase,
y que haga valer la pena
salir a buscar quimeras
mientras un glaciar renace.
De los pactos de la infancia
viene el aire que respiro,
surte fuerza a mis latidos,
les regala su fragancia.
De fantástica elegancia
resplandece bajo el agua,
su propio destino labra
desobedeciendo al tiempo
renovando así el viento,
hasta que el amor descansa.
Para los que no tuvimos
los mares bajo nosotros,
escriben las manos de otro
canciones que perseguimos.
Intentando redimirnos
mientras falte la cordura,
seduciendo a la soltura
tratando obtener un verso,
de aquel aprendiz experto
de este canto y la cultura.

Todos tenemos algo que contar

Ayer cumplí 26 años, no sé qué pueda significar eso, pero tengo plena certeza de que me asusta un poco no saber a dónde me va a llevar esta vida que no se detiene.

Hace diez años, a mis 16, tenía extremadamente claro que mi propósito en la vida era ser músico. Imaginaba mi vida cantando a la gente, escribiendo canciones, coleccionando guitarras. En esos años me obsesionaba la idea de ser una estrella de rock, dar entrevistas inspiracionales a los más jóvenes y contar mis anécdotas de la última gira. Quería colgarme una guitarra eléctrica, pisar un pedal de distorsión y quedarme para siempre congelado en ese momento.

Después de varias bandas de rock fallidas (unas más que otras), me desilusioné y fue entonces cuando conocí la canción de autor. Experimenté una sensación de asombro cuando escuché por primera vez las canciones de Silvio Rodríguez, y por supuesto ese asombro era producto de no entender un carajo sobre lo que quería decir. Lo que sí entendía era que quería decir algo, y que a diferencia de la música que hasta ese momento escuchaba, en esas canciones la letra jugaba un papel mucho más protagónico.

Pero esta texto no trata sobre la canción de autor, sino sobre la necesidad intrínseca del ser humano de contar algo. No importa el vehículo de la información, puede ser un poema, un cuento, una canción, una película, una pintura o una charla entre amigos. La realidad es que todos tenemos algo que contar. Y eso es lo que nos engrandece como especie, esa necesidad de enseñar y aprender, de hablar y escuchar.

Desde el músico que toca enfrente de miles de personas, pasando por el escritor primerizo que redacta desde su cuarto en alguna ciudad perdida del mundo, hasta el estudiante de historia que se sube al metro a contar a todo pulmon los pormenores de la conquista española. Todos tenemos algo que contar.

Todos tenemos algo que contar y es por eso que las redes sociales están siendo un parte aguas en la humanidad, porque nos proveen de una ventana a un mundo de información compartida. De lectores voraces y escritores ansiosos, de pedacitos de la mente de millones de personas. Ahí es donde radica el encanto de la globalización.

Así que la siguiente tarea como individuos y también como ente colectivo es decidir qué queremos contar, en una época en la que todo el mundo es (o podría ser) una fuente de ideas, depende de nosotros darle buen uso a ese poder… Al final, todos tenemos algo que contar.

Sin saber

El 17 de Mayo de 1966 en Manchester, Inglaterra, Bob Dylan dio un concierto en el que sucedió algo que se convertiría en una de las anécdotas más famosas de la música moderna.

Dylan había evolucionado de su clásico sonido folk, austero y solitario, a un sonido eléctrico que mostraba influencias del rock norteamericano y que Dylan había adoptado en búsqueda de enriquecer su música. Pero para algunos de los seguidores más conservadores de Bob, ese cambio no era sino una traición a los modos acústicos de la guitarra y armónica.

Justo antes de que el músico y su banda tocaran la última canción de la noche, alguien del público rompió el trance del concierto gritando: “Judas!”, haciendo alusión a la antes mencionada traición. Bob Dylan, siempre paciente y un poco taciturno, se acercó al micrófono y le respondió: “I don’t believe you, you’re a liar!”. Luego se volvió hacía su banda y les dio la indicación de tocar jodidamente fuerte la pieza que cerraría la noche. Esa canción era “Like a Rolling Stone”.

Hace unas semanas recordé esa historia en inmediatamente acudí a YouTube para volver a ver el video del concierto de aquella noche. No sé cómo terminé pensando lo curioso que era el hecho de que ni Bob Dylan ni el infame personaje que le gritó, supieran que el momento que estaban protagonizando sería conocido y recordado por miles de personas inclusive más de 50 años después.

Aquello me hizo caer en cuenta de cómo vamos por los días viviendo los momentos sin saber cuáles de ellos van a terminar en nuestra selección personal de recuerdos. Algunos nos dan indicios, como las primeras veces de todo, pero otras simplemente suceden y se almacenan en nuestro inconsciente sin que nosotros lo notemos hasta varios días después, cuando regresan a nosotros como mariposas inadvertidas.

¿Qué pasaría si pudiéramos elegir qué momentos van a quedar guardados? ¿Y si tuviéramos plena conciencia de lo que se va a quedar ahí siempre, y prestáramos más atención al detalle?
Por ahora solo nos quedará el agridulce sabor de boca porque así se nos va la vida, inmortalizando momentos sin saber.

¿Qué es esto?

Me gusta mucho twittear. Me uní a twitter a finales de 2008, cuando era completamente irrelevante para el mundo del internet (y el real también). Cuando tuve que elegir mi nombre de usuario, opté por tomar la opción más sencilla: “@DavidE”, que milagrosamente estaba disponible. Así que comencé a twittear tontería y medía como cualquier adolescente de 16 años. A los pocos meses de abrir mi cuenta ya me había hartado y lo dejé en el olvidó por mucho tiempo.

Debió ser a principios de 2010 cuando comencé a utilizarlo para “difunfir” un programa de radio por internet que tenía. Lo curioso de la anécdota es que yo quería mantener mi identidad secreta y por ende no podía seguir usando ese nombre de usuario. Mi hermanito, que por ese tiempo tenia 8 años de edad, solía decir que cuando sonreía me parecía a Annoying Orange. De ahí salió mi nuevo usuario de Twitter y de ahí hereda su nombre este blog.

En fin, me gusta mucho twittear. Me gusta porque soy flojo y es más fácil microbloguear con pocas palabras que escribir una entrada extensa. Pero últimamente en el trabajo tengo mucho tiempo libre y la página de twitter tiene el acceso restringido, esta combinación es la que me ha orillado a crear esta cosa.

Y no, no es ni por asomo el primer blog que tengo. No recuerdo cuándo fue la última vez que intenté tener un blog en forma, pero sí recuerdo que claudiqué después de que mis entradas eran cada vez más insoportablemente aburridas. Quiero creer que este amigo blog tendrá un destino más honroso. Ojalá.